dimarts, 22 de gener de 2008

Obama y Gallardón

Xavier Mas de Xaxàs
Periodista
El Hilo
22/01/2008 - 20:39 horas

El auge de Barack Obama como candidato a la presidencia de Estados Unidos y el declive político de Alberto Ruiz Gallardón en España ilustran las graves dificultades por las que todavía debe cruzar la sociedad española para alcanzar la mayoría de edad democrática.

Barack Obama, y también, aunque en menor medida, Hillary Clinton, representan una nueva sociedad y parecen contar con apoyos suficientes para imponer una nueva dirección a un país consumido por la confrontación sin tregua que izquierdas y derechas libran desde el final de la era Eisenhower.

Capítulos clave de esta pugna sociopolítica han sido la caza de brujas del senador McCarthy, la lucha de los negros por los derechos civiles, la guerra de Vietnam, los asesinatos de John y Bob Kennedy, así como de Martin Luyther King, el caso Watergate, el contrato con América de Newt Gingrich, la derrota de George Bush padre frente a Bill Clinton y la posterior venganza del aparato del partido republicano que terminó en el "impeachment" del presidente Clinton y en el golpe de estado encubierto del Tribunal Supremo en las elecciones presidenciales del año 2000 que dio el triunfo a George Bush hijo.

Durante las últimas décadas todos los candidatos a la presidencia han prometido transformar de raíz el sistema político para mantener a raya la fuerza del dinero y de los intereses particulares que han viciado la atmósfera sobre la colina del Capitolio. Ninguno, sin embargo, lo ha conseguido hasta ahora porque demócratas y republicanos han hecho lo posible para mantener la rivalidad.

Estos políticos, demócratas y republicanos, son los hijos del "baby boom". En Estados Unidos los llaman "babyboomers". Nacieron, en gran parte, gracias a la bonanza económica de los años 50, que permitió a muchas familias obreras cumplir el sueño americano del coche propio y la casa con jardín. Estos políticos, que no habían conocido la Segunda Guerra Mundial, fueron los que metieron a Estados Unidos en la guerra de Vietnam y esta guerra, todavía hoy, está en la base de la gran brecha que divide la república entre rojos (republicanos) y azules (demócratas), entre los que fueron a luchar (McCain, Kerry…) y los que no (Bush, Clinton…), entre los que fumaron marihuana y los que no se tragaron el humo.

Se trata de un conflicto generacional llevado a sus últimas consecuencias, que hoy ha permitido que haya gobernadores como Huckabee que no creen en la evolución de las especies y senadores que admitan haber consumido cocaína como Obama. La mayoría de estadounidenses, según las encuestas, prefiere a Obama de presidente antes que a Huckabee, y esto evidencia el empuje de una sociedad capaz, tal vez como ninguna otra, de reinventarse para volver a empezar.

La española, por otra parte, no tiene ni siquiera la oportunidad de reinventarse porque carece de la posibilidad de elegir de forma directa a sus gobernantes. Ni siquiera los militantes de un partido pueden escoger a su líder.

Los candidatos son escogidos por los núcleos duros de cada partido, una elite reducida que se mueve, ante todo, por sus propios intereses políticos. Estas personas están enfrentadas, igual que demócratas y republicanos en EE.UU., por cuestiones sociopolíticas de imposible solución. Es más, la división está alentada por ellos mismos porque les alimenta. Sin la crispación parece que no puedan ganar un voto.

Si en Estados Unidos la fractura está en Vietnam, en España está en la Guerra Civil. España está gobernada por los hijos de la Guerra Civil, "babyboomers" educados en las escuelas y universidades franquistas, donde la mayoría comulgaba con el nacional catolicismo y la minoría jugaba a las revoluciones rojas. La transición los convirtió a todos en demócratas, aunque no lo fueran del todo. Ejemplos de esta disfunción serían el golpe de estado del 23-F, cuya verdadera trama nunca ha sido desvelada, la guerra sucia contra ETA lanzada por los GAL, la comprensión intelectual, social y religiosa que ha tenido la violencia terrorista vasca, y la corrupción que, en mayor o menor medida, ha salpicado a todas las administraciones.

Aún hoy, no es posible hablar en España de la derecha sin que sus detractores la vinculen con el franquismo. Aznar, a ojos de la España opuesta al PP, parece un heredero de la dictadura, es decir, de la España cerrada, caciquil, nacionalista y terrateniente que se impuso, a sangre y fuego, sobre la España republicana, abierta, democrática, urbana y europea.

Aznar y sus seguidores en el PP alientan esta imagen destructiva porque consideran que les sirve para esgrimir un discurso defensivo muy duro contra el nacionalismo vasco y catalán, así como contra las nuevas estructuras de la familia, por citar tres de los frentes abiertos en esta legislatura. Sus aliados están en la Iglesia y la gran banca.

Que Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid y eterno aspirante a dirigir el PP, podría asumir el papel que hoy interpreta Barack Obama en Estados Unidos está claro. Los madrileños lo han demostrado varias veces, y yo creo que la razón del entusiasmo que genera no está tanto en las ideas que defiende como en lo que representa: un político capaz de afrontar el futuro sin la referencia de la Guerra Civil, alguien que no necesita perpetuar la confrontación social e histórica con la izquierda porque, entre otras cosas y en muchas ocasiones, se ha sentido más atacado por su propio partido, por la derecha que ha intentado transformar sin éxito.

Gallardón es una amenaza para la dirección del PP y por eso apenas tiene apoyos dentro del partido. Su futuro político es imposible mientras no consiga suficientes apoyos financieros y pueda presentarse directamente ante la militancia, en unas primarias al estilo americano. Una reforma electoral de este calado, sin embargo, no está en el horizonte español y lo más probable es que tire la toalla después de las elecciones del 9 de marzo.

Así las cosas, el PP no podrá renovarse y la clase política española no tendrá el empuje necesario para iniciar un nuevo ciclo, un ciclo de consenso en los asuntos clave: terrorismo, ordenación territorial, justicia, educación... No podrá a pesar de que lo exige la sociedad española, muy castigada por unos dirigentes obcecados en perpetuar la división y a los que no parece importarles demasiado que la Guerra Civil y el franquismo sigan siendo los convidados de piedra en la palestra de los asuntos públicos.