En Barcelona se ha escenificado, como en Valencia, la inquietud y hasta la indignación de una parte del PP ante la manipulación de los nuevos capitostes del partido, antiguos en la poltrona casi todos (Rajoy, Arenas, Gallardón, Fraga) pero recauchutados en la política, es decir, en la manera de seguir calentándola unos años más. Los que se pueda. La diferencia es que en Valencia, hace un mes, Aznar abroncó desde el palco al sucesor que él designo, pero sin mayores consecuencias; en Barcelona, el lío se ha organizado en el gallinero, con efectos en la platea. Dando por hecho que en los tres congresos periféricos se impondrá la mutación política central, es decir, la liquidación del PP histórico, la tarea fundamental de Mariano y sus marianachis es imponer sepulcral silencio o amordazar hasta donde puedan a los medios antaño afines y hoy odiosos, porque son testigos del crimen. Por eso Alberto Fernández trató de calmar a la gente de su partido indignada con Mato y el aparato (una indignación que a él no le viene mal, porque refuerza su papel de conde de las seguras pero asumidas derrotas catalaúnicas) diciendo que había medios de comunicación presentes en la sala. Es decir, que se trata de hacer lo decidido fuera pero sin que se note dentro, o al menos sin que se note demasiado. La verdad es que se nota horrores, pero eso tampoco les viene del todo mal a quienes deben acreditar su obediencia. Un par de congresos más y misión cumplida. En septiembre, régimen político seminuevo. Y los aspirantes a ciudadanos, a régimen.
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dimarts, 15 de juliol del 2008
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